En su segundo largometraje, la directora canadiense Chandler Levack nos propone un viaje a la provincia de Quebec. Resulta fundamental precisar, para evitar extravíos geográficos, que la acción transcurre en el barrio de Mile End, en la ciudad de Montreal, y no en Toronto. Esta distinción no es menor: el Mile End de 2011 funcionaba como el centro de una efervescencia creativa y contracultural, el corazón del fenómeno «indie sleaze» de la costa este.
Esta inmersión en un espacio y tiempo de tal precisión nos invita a recordar que su ópera prima, I Like Movies (2022), también se anclaba en la geografía canadiense —con exactitud en Burlington, Ontario—. Aquel film exploraba un contexto histórico-social clave: la era del videoclub y la «prehistoria» de la democratización del cine, donde el joven Lawrence Kweller (Isaiah Lehtinen) proyectaba sus ambiciones hollywoodenses entre cintas de VHS. En Mile End Kicks (2026), el corazón del relato es el propio barrio; las intenciones de Levack son recrear un ecosistema que ella conoce por experiencia propia, tras años de ejercer el periodismo musical.
Gracias a esta recreación fiel de su entorno, Canadá emerge como un escenario recurrente, y no solo porque la directora sea canadiense. En sus dos películas, Levack ha desarrollado a sus personajes y sus historias con base en este contexto sociocultural, lo cual termina dando un rasgo personal e íntimo a estos coming of age tan singulares.
Dentro de estas historias con un tono íntimo, si bien en su debut la directora comentó que elegir personajes masculinos le otorgaba una distancia cómoda para enfrentar sus propias inseguridades de juventud, en esta ocasión ha decidido dejar la sutileza de lado. Recorreremos junto a Grace Pine (Barbie Ferreira) las calles y clubes de Montreal. Grace es una crítica musical y redactora «multirrubro» que, huyendo de una relación laboral abusiva en Ontario, busca refugio en el auge cultural del Mile End de 2011. Bajo la excusa de escribir un libro sobre Alanis Morissette, Grace se sumerge en una vida que supone un progreso, pero donde terminará encontrando más irresponsabilidades y «síndrome del impostor» que oportunidades reales.
Este intento de progreso personal, y sus inevitables contradicciones, se reflejan con claridad desde el inicio: mientras Grace acomoda sus cosas en un bolso para irse de viaje, se deja ver un póster de Almost Famous colgado en una de las paredes de su habitación. Es una sutil declaración de intenciones por parte de su directora, una que resulta curiosa porque ambas cintas son muy diferentes entre sí y solo parecen compartir el oficio de sus protagonistas. En la obra de los años dos mil, William Miller (Patrick Fugit) se enfrenta a la imposibilidad de hacer un reportaje sobre la banda Stillwater debido a la irresponsabilidad y la falta de conciencia de sus integrantes. En Mile End Kicks, la agrupación Bone Patrol sigue un patrón similar, desprovisto de la locura de los años setenta, pero es aquí donde la protagonista cae en la comodidad de la vida bohemia, dejando de lado todas sus responsabilidades.
A pesar de esta deriva bohemia de la protagonista, Levack logra plasmar en pantalla todo lo que se propone, aunque el espectador ajeno a la militancia melómana puede sentirse por momentos fuera de los códigos musicales propuestos —como las numerosas bandas que se nombran en los diálogos—. La película se revitaliza en esos instantes donde la protagonista choca contra la monotonía de su propia narrativa, enfrentando los desajustes culturales de su nueva residencia. Destaca el retrato de la incomunicación lingüística, el no entender cuando le hablan en francés —una situación con una similitud asombrosa a cuando uno viaja a otra provincia y descubre que a los «bizcochos» les dicen «criollitos»—.
Sin embargo, esta profunda inmersión narrativa a veces choca con las decisiones formales. Uno sale de la película a cada momento por la extrema nitidez de la imagen digital que corrompe el clima austero. No obstante, en ocasiones se utiliza la digitalidad con ingenio: en la secuencia de la primera fiesta a la que asiste Grace, Levack nos hace seguirla entre la oscuridad, rodeada de desconocidos y sin poder ubicar nada del lugar. Ilumina el plano una luz focalizada y poco disimulada, emulando la estética de un típico videoclip de aquellos años.
Más allá de las decisiones formales, y retomando la difícil personalidad de la protagonista, aquí cabe una advertencia para quienes detestan a los personajes insoportables: Grace entra de lleno en esa categoría, tal como lo hacía Lawrence en I Like Movies. Parece ser un rasgo de autoría en las dos primeras cintas de Levack: alejarse de los protagonistas encantadores y prototípicos del coming of age. Mientras más insufribles y egoístas son sus personajes, mayor es su impacto al funcionar como espejos de una generación con pocas herramientas emocionales.
Junto a esta caracterización cruda de una generación, otro aspecto de gran peso es la nostalgia hacia el mundo analógico. Se nota a una cineasta que entiende el impacto y la velocidad de los nuevos medios —ella misma ha visto desaparecer sus escritos de internet por el cierre de servidores— pero que prefiere filmar el intercambio presencial de discos y las libretas de notas físicas. Mile End Kicks funciona como un obituario de un modelo de vida urbana y cultural que la gentrificación y el algoritmo han ido borrando. Levack comprende que el tiempo no se detiene, y aunque cueste acostumbrarse a la corriente del presente, su cine se detiene un instante a mirar lo que hemos dejado atrás.



