«Definir el próximo siglo»: La dictadura del «gusto»

Suelo olvidar que el cine es un milagro industrial. Nos sentamos en la oscuridad, miramos hacia arriba y vemos sueños, pero detrás de ellos suele haber una maquinaria compleja. Sin embargo, hay una diferencia crucial entre la maquinaria de antes y la de ahora.

Veamos el caso de Casablanca. En enero de 1942, un lector de guiones en Warner Bros. se encontró con una obra de teatro no producida titulada Everybody Comes to Rick’s. Para el estudio, aquello no era arte; era inventario. Pagaron 20.000 dólares —una suma absurda para la época— y la etiquetaron como la «Producción número 410». Era un producto más en la línea de montaje, diseñada para vender patriotismo y romance barato a las masas de los sábados por la tarde. Nadie brindó, solo encendieron las cámaras.

Lo que siguió fue el caos creativo. La película comenzó a rodarse sin un guión terminado. Los escritores —los hermanos Epstein y Howard Koch— tecleaban febrilmente las escenas por la mañana para que pudieran ser filmadas esa misma tarde, todo bajo la mirada puritana de la Oficina Hays, que vigilaba con lupa que Ilsa Lund no cometiera el pecado de un adulterio explícito.

Y luego está la anécdota que define al filme. Ingrid Bergman, con el rostro iluminado por esa luz suave y trágica, acorraló al director Michael Curtiz. Estaba angustiada. «¿De quién estoy enamorada?», le imploró. «¿De Laszlo o de Rick?». Curtiz, un húngaro de temperamento volcánico que hablaba el inglés como si lo estuviera masticando, le gritó la única verdad honesta que tenía: «¡No lo sé! ¡Tú actúa en el medio!».

Y ahí lo tienen. La mirada más ambigua, dolorosa y célebre de la historia del cine clásico no nació de una decisión artística calculada, sino de la pura incertidumbre. Bergman no estaba actuando confusión; estaba confundida. Y fue perfecto.

Corten a ochenta años después. Vemos y leemos en todo internet que Netflix oficializó la compra de Warner, algo que venía esperando como un buitre sobre un ser moribundo. Los accionistas se frotan las manos por las tan preciadas “IPs”. Quieren a Harry Potter, Bugs Bunny, Batman, Jon Snow, Tony Soprano y la basta cantidad de películas que pertenecían al estudio; las que había producido y de las que se había hecho con el tiempo —como Ciudadano Kane—. Hablan de «acelerar su negocio en las próximas décadas«. Los algoritmos predictivos, diseñados para saber lo que queremos ver antes de que nosotros mismos lo sepamos, serán moneda antigua; «Juntos, podemos ofrecer a las audiencias más de lo que aman y ayudar a definir el próximo siglo de la narrativa.«, es la cita más aterradora del boletín publicado.

No nos engañemos, la Warner de los años 40 no era una fundación dedicada a las bellas artes. Era una fábrica implacable que escupía productos para el consumo masivo con la frialdad de una línea industrial. Pero incluso en esa maquinaria cínica, existía un margen para el error humano, para la intuición de un productor o el capricho de un director. Había grietas por donde entraba la luz.

El verdadero terror de esta nueva era no es que el cine sea un negocio —siempre lo fue—, sino que estamos perfeccionando la eliminación del azar. Cuando el objetivo es «darle a la audiencia más de lo que ama», estamos condenados a un bucle infinito de lo mismo, una dieta cultural de comida chatarra. Nos dará los mismos productos, una y otra vez, pero jamás entenderá que es la imperfección, y no la fórmula, lo que nos hace soñar.

Compartir en :

Facebook
X
Threads
WhatsApp

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicaciones relacionadas
Categorías

Suscríbete a nuestra newsletter