Los festivales de cine, como cualquier organismo, nacen, crecen y, si no saben renovar su sangre, corren el riesgo de fosilizarse en la repetición. La 11ª edición del Festival Internacional de Cine de las Alturas en Jujuy parece haber entrado por la superficie en esta tercera etapa. Veremos lo que nos depara en la edición 2027.
El síntoma más evidente de esta inercia, y de cierta desconexión con el presente, fue la deslucida conversación mantenida con Daniel Hendler. Actor y director que merecía un intercambio riguroso que desentrañara los mecanismos de su carrera. En su lugar, el público asistió a un ejercicio de monólogo encubierto donde el —ahora ex— director artístico del festival parecía más preocupado por dictar cátedra que por entrevistar a su invitado. Desaloms monopolizó el tiempo para debatir la definición conceptual del «Nuevo Cine Argentino», al sostener que el término pertenece por derecho histórico a la generación del 60 y no a la serie de películas de los años 2000. Un análisis historiográfico válido, sin duda, pero inoportuno y descortés.
Pero quizás el hecho más inesperado de esta edición no ocurrió en las salas, sino en el abrupto cierre de un ciclo. La salida de Daniel Desaloms, director artístico y —autodenominado— «padre» del certamen, junto a la productora Diana Frey. No hay necesidad de interpretar silencios; la despedida pública de Desaloms es un documento que exime de cualquier eufemismo. Sus palabras, pronunciadas en la gala de premiación, fueron un portazo:
«Yo quería decir esto personalmente, cara a cara, porque no soy un tipo que dice cosas sottovoce, no mando mail y no hago correr comentarios. Lo digo de frente. Esto es una vergüenza. Así que, yo por mi parte y por la parte de Diana… queremos despedirnos, de nuestra vinculación a este festival con este detalle lamentable y patético, y además imperdonable, para que ustedes sepan qué ocurrió con Daniel Desaloms, el padre del festival, y con Diana Frey, su productora. No desaparecimos, no nos vamos a hacer los desaparecidos, no vamos a permitir ser desaparecidos. Estamos hablando claramente qué nos pasó. Y les repito, de forma involuntaria y nadie nos explicó nada. (…) Así que muchas gracias, buenas noches, y que el festival tenga larga vida».
Recordemos que Desaloms no era un principiante en este festival: su firma estuvo estampada en la dirección artística desde aquella lejana primera edición. Por justicia histórica, la décima edición celebrada en 2025 habría significado el broche de oro perfecto; una salida por el foro decoroso, elegante y a la altura de sus desvelos fundacionales. Si hoy se analizan sus incendiarias declaraciones finales es porque el verdadero problema de fondo ya se anunciaba con nitidez: el desgaste artístico del festival había alcanzado su cenit de dejadez en aquella edición anterior de 2025. Prolongar el mandato un año más bajo una inercia creativa tan evidente solo sirvió para desperdiciar un retiro digno por un discreto berrinche.
La salida poco elegante es consecuencia lógica de un festival que desde hace algunas ediciones dejó de asumir riesgos y optó por anestesiar su programación. A Desaloms «lo cancelaron», de forma involuntaria y sin explicaciones, esto deja una pregunta suspendida en el aire: ¿hacia dónde irá el FIC de las Alturas?
Este es un momento conveniente para recordar que un festival de cine, sin audacia ni moral estética, no es más que una simple muestra de películas. Parece que en las alturas de este festival ya no hay lugar para los viejos lobos que alguna vez soñaron con dominar el bosque por siempre.



