Lucas Gallo: La historia argentina desde el archivo

El cineasta Lucas Gallo presenta en la 11ª edición del Festival Internacional de Cine de las Alturas su película Diciembre, que participa en la competencia oficial de documentales. La obra aborda el quiebre social, político y cultural del 2001 en Argentina, narrando el estallido desde el archivo y la perspectiva de la gente de a pie. Conversamos con él en las cercanías del meeting point del festival sobre su método lúdico al trabajar con el archivo, el contraste entre los políticos aislados y el pueblo en la calle, y cómo el fantasma de ese fin de época cultural sigue presente cada diciembre.

Participan de esta conversación Lucas Gallo y José Agustín Pares. Las intervenciones se encuentran identificadas bajo las siglas LG (Lucas Gallo) y JAP (José Agustín Pares).

JAP: Ya que esta es tu segunda película —y curiosamente tu segundo largometraje documental basado en material de archivo— ¿Cuál es tu relación con este formato y por qué decidís construir tus películas de esta manera?

LG: La verdad es que el archivo siempre me fascinó. Yo también trabajo como fotógrafo y, aunque tengo proyectos tradicionales escritos en carpetas esperando ser filmados, el mundo de la financiación puede resultar agotador. Me acuerdo que mientras lidiaba con esas carpetas que nunca conseguían fondos, a la par estaba trabajando con el archivo de 1982. Esa película empezó a avanzar casi sola, me presenté a unas convocatorias y decidí seguir por ese camino.

Siento que cuando escribís un proyecto estás muy lejos de la película, pero al trabajar directamente con el material de archivo, ya la estás viendo. Hasta llegué a pensar que debería haber estudiado Bellas Artes; disfruto muchísimo trabajar solo con la computadora, porque siento que ahí ya estoy «haciendo» la obra. Además, te apropiás mucho del archivo; por más que no lo hayas filmado vos, llega un punto en el que se vuelve muy tuyo. Me puedo quedar horas editando. No quiero encasillarme obligatoriamente como un cineasta de archivo porque en algún momento espero filmar otras cosas, pero es un formato muy lúdico que seguramente me acompañará toda la vida.

JAP: Tus dos películas comparten un tono de revisionismo histórico y social. ¿Es un enfoque que buscaste adrede o simplemente se dio porque estos proyectos lograron avanzar primero?

LG: Lo pienso seguido. A veces me encasillan en el «cine político», pero en realidad a mí me interesa muchísimo lo formal, lo puramente cinematográfico. Lo político está, por supuesto, e imagino que habita en mi cabeza todo el tiempo —de hecho, me hubiera encantado estudiar Antropología o Sociología—, pero no encaro una película desde ahí. Nunca parto de una tesis que busco comprobar, sino que prefiero sumergirme en los materiales y ver cómo se transforman.

Es cierto que abordan la historia argentina y tienen una fuerte carga política, pero no son películas didácticas. No me enfoco tanto en el «tema», sino en cómo lo trato. Obviamente hay una estrategia: elijo eventos de los que ya se ha hablado muchísimo, como Malvinas o el estallido de 2001, para abordarlos desde un ángulo distinto. Siempre arranco con reglas muy claras. En 1982, por ejemplo, la regla era usar solo medios de comunicación oficiales y darle una vuelta a su significado. Me interesa la historia, pero me gusta abordarla casi como una ficción, observando a los personajes y sin tenerle miedo a la ambigüedad.

JAP: Creo que uno de los puntos fuertes de tus documentales es el impacto visual y emocional. Hablando de Diciembre, me quedó muy grabada esa nota donde se ven los saqueos en la calle mientras, en paralelo, el notero junta gente para mostrar lo que habían robado y preguntarles por qué lo hacían. Es una escena cruda e impactante. ¿Cuánto tiempo de montaje te llevó lograr esa narrativa?

LG: Fue un proceso larguísimo; estuvimos casi cuatro años. Uno tiende a pensar que, al no haber rodaje, hacer estas películas es más rápido, pero la investigación y el montaje consumen muchísimo tiempo. Estuve unos cinco meses yendo a Canal Crónica todos los días, cumpliendo horario como si fuera un empleado más, solo para ver material y armar mis propias carpetas.

En el montaje me suelo poner reglas estrictas que, aunque parezcan una limitación, terminan dándote libertad. En Diciembre, sabía que el material debía abarcar exclusivamente del 1 de diciembre —cuando Cavallo anuncia el Corralito— al 2 de enero —cuando asume Duhalde, que se termina quedando dos años y desestabiliza un poco todo—. Esa franja me daba la estructura servida. Además, decidí que el montaje fuera estrictamente cronológico. Sabíamos que, al respetar la línea de tiempo, la historia se contaba sola. Ese rigor cronológico nos permitía, paradójicamente, tomarnos ciertas libertades narrativas en el medio, como contrastar cómo se veía a Charly García en la primera semana frente a la tercera.

JAP: ¿Cómo fue la experiencia de llevar Diciembre a Fuera de Campo?

LG: Es una anécdota muy linda. Teníamos que viajar a Ámsterdam para competir en la selección internacional del IDFA. Como yo ya había estrenado 1982 ahí, teníamos muy buena relación con los holandeses. En paralelo, los chicos del festival Fuera de Campo, que son amigos, se enteraron del proyecto, vieron un corte y nos pidieron la película para su apertura.

Tuvimos que pedirle permiso al IDFA, ya que por reglamento debíamos ser estreno mundial allá. Los holandeses entendieron perfectamente la delicada situación del país y del cine nacional, y nos permitieron proyectarla acá bajo la figura de Work in Progress (WIP). Para lograrlo, le sacamos los títulos de crédito finales. Fue lindísimo. Fue la primera vez que la vi en pantalla grande, a sala llena y con público argentino. Acá la gente entendía códigos que en Holanda pasan de largo. Esa proyección nos llenó de energía para viajar a Europa sintiendo que la película ya había sido probada con nuestra gente.

JAP: En la competencia oficial de documentales de este año, pareciera que Diciembre es la única que aborda este tipo de revisionismo histórico-social. En el contexto actual que vive el país, ¿sentís que la película adquiere un valor agregado?

LG: Totalmente. Pensá que cuando empezamos este proyecto, hace cinco años, Javier Milei casi no existía en el mapa político; era solo un opinólogo mediático que gritaba en la tele. Es casi grotesco pensar que hoy es presidente. Cuando ves Diciembre 2001 y escuchás a la multitud gritar «que se vayan todos», es impactante. Hoy los sectores libertarios se apropian de ese cántico, pero a la vez buscan repetir las mismas políticas económicas de los años 90 que, justamente, provocaron ese estallido. Es trágico e increíble a la vez.

En la proyección de Fuera de Campo se me acercaron chicos de 20 años, que ni siquiera habían nacido en 2001, y estaban súper entusiasmados. Mi intención original era hacer un retrato de época: capturar las caras, la forma de hablar, la textura de esos años. Para mí, el 2001 no es solo un quiebre político, sino un fin de época cultural. Todavía había una presencia muy fuerte del tango, por ejemplo. En la película suenan Salgán y De Lío, o se lo ve a Charly García yendo a ver a Mariano Mores. Hoy, artistas jóvenes como Ca7riel y Paco Amoroso no andarían en esa sintonía tanguera, pero en los 90 yo iba al colegio en colectivo y sonaba tango orquestal de fondo, mezclado con la frivolidad de la época. Quería mostrar ese puente hacia un nuevo siglo, atravesado también por la llegada de internet.

JAP: Algo que destaco de tu visión es el contraste que marcás. Los políticos se ven aislados, encerrados en conferencias de prensa, mientras que las personas de a pie nunca están solas; siempre están rodeadas, viviendo la crisis en un espacio colectivo.

LG: Exacto. Nunca me interesó mostrar la «rosca» palaciega porque el secreto es la esencia del poder y, como ciudadanos, nunca accedemos a eso. Lo que me fascinaba era ver cómo, ante una crisis tan inmanejable, los políticos quedaban expuestos. Al no tener tiempo de consultar a sus asesores, se les escapaban verdades frente a las cámaras.

Pero mi verdadero foco era la historia narrada desde la gente de a pie, que es la que realmente mueve los cimientos del país. Quería darles voz en ese presente absoluto, donde nadie sabía qué iba a pasar al día siguiente. Hoy es muy fácil teorizar sobre el 2001 desde la academia, pero en ese momento la angustia real y palpable era: «¿Qué va a pasar con mi plata?».

Otra cosa que me interesaba del proyecto es cómo la historia va sedimentando. En Argentina, todos los diciembres traen esa sensación latente de que «se va a pudrir todo». Me acuerdo de un diciembre durante el gobierno de Macri, cuando los jubilados protestaron en el Congreso; siempre flota ese fantasma, como algo que quedó sedimentado ahí abajo.

JAP: Y se nota mucho la diferencia tecnológica. Sin internet ni redes sociales, la gente estaba físicamente en la calle. Hay escenas de jubilados acampando toda la madrugada en los bancos para ver qué iba a pasar, o periodistas esperando horas a de la Rúa. Hoy parece que la indignación se agota en las redes.

LG: Es así. Mi fantasía inicial era hacer cine directo, pero en ese momento yo no tenía una cámara en la calle. Por eso recurrí al archivo y trabajamos el reencuadre de la imagen para ocultar micrófonos y generar una sensación más íntima. Hay que recordar que no existían los celulares con cámara; todo lo que vemos fue grabado por tremendos camarógrafos de televisión.

A pesar de que la calidad de la imagen es baja, me terminó fascinando porque refleja la crudeza del momento. En 2001 la gente ponía el cuerpo en la calle, con la cacerola, con algo muy físico. Para un político, no es lo mismo que lo insulten por redes sociales a ver la Plaza de Mayo desbordada; ahí es cuando sienten el verdadero rigor social.

También quería mostrar un país que aún no estaba bancarizado, que dependía del dinero en efectivo. Que un gobierno te impida sacar tus propios ahorros rompe la regla básica del capitalismo; la plata era, en definitiva, la sangre del sistema en el que vivíamos. Al cortarse eso, el sistema colapsó y quedó al descubierto la brutal desigualdad: la clase media quedó atrapada en los bancos, pero las clases populares, que dependían del dinero en efectivo que la clase media hacía circular, directamente se quedaron sin nada para comer e iban a saquear por pura supervivencia. Y frente a eso, los políticos seguían viviendo en su propio planeta, con choferes, totalmente desconectados.

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