El segundo día de Fuera de Campo empezó a las 13:00. La primera película fue Había una vez un mago, de María Salomé Jury y Oscar Frenkel, un breve retrato que funciona como homenaje al gran director argentino. Se narra a través de intervenciones de la directora, que ocupa esa dualidad de roles ya explorada en el cine: el de hija-directora. Una pieza valiosa para seguir recordando la genialidad y los valores de Leonardo Favio. Durante la proyección, el ambiente de respeto era total; no dejo de pensar en la importancia de su presencia en la muestra.
Lo que siguió fue el programa de cortos a las 15:30. Se proyectaron siete cortometrajes argentinos en este orden: «Doscientos ochenta mil millones de imágenes», «La revolución es una huida hacia adelante», «Tránsito», «Biyuya», «Desde la montaña vemos la montaña», «Guía turística para el mal tiempo» y «Saturno». Fue una función intensa por la diversidad de la selección: los dos primeros cortos enfrentan las convenciones visuales y narrativas, el primero trabajando la imagen con el fílmico descompuesto y el segundo con la yuxtaposición de dos películas. Tránsito vino a representar el cine del conurbano bonaerense; fue el cortometraje menos propositivo del bloque, cumpliendo con los infaltables clichés de los estudiantes de cine.
«Biyuya» fue la única comedia de la tarde, una propuesta fresca en fondo y forma. Es la segunda producción jujeña que se presenta en la muestra —»Canon de Riego» en 2024, en Contracampo—. Un signo de que hay interés por el cine norteño en el resto del país, solo que ese sentimiento surge cuando las producciones llegan a la periferia de la industria. Desde la montaña vemos la montaña es un gran documental sobre la lucha de una comunidad indígena contra un estado que busca desplazarlos; los realizadores presentan los relatos y las acciones con precisión, logrando que la cámara esté inmersa en la montaña, entre los árboles y los miembros de la comunidad.
El debate sobre la producción provincial continuó. En la charla posterior al bloque de cortometrajes, varias de las preguntas fueron dirigidas a «Biyuya» y «Desde la montaña vemos la montaña». Uno de los espectadores resaltó estar sorprendido y haberse quedado con ganas de explorar más esa diversidad; es un entusiasmo que casi no he visto, porque si las producciones del interior no llegan al circuito, es difícil que alguien pregunte por ellas.
Si algo me quedó claro, fue la falta de voluntad en la comunidad para resolver esta integración. El tema resurgió el sábado 8 de noviembre en la primera de las tres charlas organizadas: “La fractura en la comunidad”, una conversación entre Ofelia Fernández, Laura Paredes, Emiliano Ocampo y Lucila Podestá. El encuentro tocó temas interesantes y dejó reflexiones importantes sobre cómo nos referimos al “nosotros” en el cine. Un punto que se mencionó de pasada fue el federalismo, llegando a la rápida conclusión de que no existe tal incorporación.
Por la tarde del sábado asistí a mi primera proyección del Festival de Mar del Plata, el estreno en el país de la restauración de Más allá del olvido, una de las películas más icónicas de Hugo del Carril. Una función que podría haber sido, fácilmente, la apertura de esta edición. Antes de la proyección, un hecho cómico transcurría entre los espectadores: una paloma se paseaba por abajo de las butacas, como si fuera algo inherente a la organización de este festival. Todo esto mientras el presidente de Argentina Sono Film hacía breves comentarios sobre la importancia de la preservación y restauración, mas no así de una distribución que no salga de los festivales.
Mar del Plata ofrece dos eventos: la oficial, con sus palomas y discursos sobre una distribución que no llega, y la de Fuera de Campo, donde el cine parece más urgente y, sobre todo, más vivo.



